Se agrega una nueva dificultad a la escritura: el teclado francés. Heme aqui en Paris intentando resolver una terrible duda existencial: quedarme y jugar a vivir en la metropoli por una semana o seguir ruta donde sea (en ambos casos, terminando la primera parte de la tesis, de la que me falta como el 85%)?
Acepto sugerencias
viernes, 27 de marzo de 2009
jueves, 26 de marzo de 2009
Noches españolas 2
6. Con los marsheneros la cosa no fue sólo de día, evidentemente. Por pudor, le pedí a Marisol ropa prestada: recordé que por estos sitios la gente se viste de civil, y cómo la vez pasada parecía yo una especie de pordiosera entre el gel, el perfume y las camisas planchadas de mis primos. Menos mal. Después de un paseillo para hacer la digestión, volvimos a la casa a aderezarnos como corresponde: a Santi casi no lo dejan salir a la calle, entre el pelo alborotado, un "jersey" naranja arrugadísimo y una camisa que no juntaba ni pegaba.
Fuimos de tapas, luego al café del frente para que Jose pudiese tomarse su tarta ritual -sin ella es como si no hubiera cenado, dice- y finalmente a por una copa a un pequeñísimo bar dentro de una cueva en la muralla del pueblo. Ahí encontramos a las amigas de toda la vida de mi prima -las hijas de la vecina que nos había regalado el tinto a la hora de almuerzo: también se acordaban de la prima de Chile, pero de la vez que fui con cinco años-. Bebimos y conversamos un rato, hasta que tomamos en consideración la cara larga que Jose mantuvo desde que llegamos -el perro de Santi lo había despertado al alba y a la mañana siguiente había que madrugar, dijo- y nos fuimos a la casa.
Fuimos de tapas, luego al café del frente para que Jose pudiese tomarse su tarta ritual -sin ella es como si no hubiera cenado, dice- y finalmente a por una copa a un pequeñísimo bar dentro de una cueva en la muralla del pueblo. Ahí encontramos a las amigas de toda la vida de mi prima -las hijas de la vecina que nos había regalado el tinto a la hora de almuerzo: también se acordaban de la prima de Chile, pero de la vez que fui con cinco años-. Bebimos y conversamos un rato, hasta que tomamos en consideración la cara larga que Jose mantuvo desde que llegamos -el perro de Santi lo había despertado al alba y a la mañana siguiente había que madrugar, dijo- y nos fuimos a la casa.
¿Error o excepción?
Me aburrí de las ciudades de menos de un millón de habitantes, que viven casi exclusivamente del turismo, donde la vida es muy sana (y a veces también muy limpia) pero nunca pasa ná: en unas horas me voy en el tren nocturno a París. Busqué desde Oviedo el lugar más cercano para tomarlo y para allá (es decir, acá) partí: Vitoria, una pequeña ciudad en el sur del País Vasco (en Euskera la ciudad se llama Gasteiz: cualquiera sabe cuál es la relación). Jamás la había escuchado nombrar, y resultó ser una muy buena sorpresa: el casco medieval combina en forma bastante curiosa la restauración fiel y los esperpentos, pero en una proporción tal que estos últimos pasan casi desapercibidos -básicamente, si uno mira con detención las fachadas de las calles estrechas puede ver, entre balcones y galerías, concreto tipo block comunista; también leí por ahí que algunos sectores estaban abandonados por el municipio y la recuperación ha sido efectuada por los vecinos, no sin un montón de obstáculos-. En las adentros de las murallas hay también un par de iglesias góticas muy bien conservadas, la enorme catedral -en obras-, y algunas casas más grandes del siglo XV y XVI; en las afueras, pasados los Arquillos -"ejemplo de solución urbanística que, a través de plataformas escalonadas, salva el desnivel entre la colina y el llano"-, calles comerciales puramente europeas, con sus galerías y sus vitrinas y sus cafés y su gente linda sentada en las terrazas al sol; todo en un tamaño perfecto para un par de horas. Una intervención interesante: en una calle bastante empinada, han puesto una rampa mecánica techada con una estructura de fierros muy moderna; que casa muy bien con la piedra de los muros.
Escribo desde el "locutorio latino": atiende una boliviana de buena voluntad que me guardó aquí la maleta toda la tarde.
Escribo desde el "locutorio latino": atiende una boliviana de buena voluntad que me guardó aquí la maleta toda la tarde.
miércoles, 25 de marzo de 2009
El váter de King-Kong
Fotos: Francisca Onel
El día de hoy fuimos con mi super-guía Fran a explorar Gijón city; ciudad portuaria muy cerca de Oviedo. Cuenta con singulares y célebres atracciones: una estatua de Pelayo -acaso el más ilustre hijo de Asturias, rey visigodo que ganó la batalla con que comenzó la Reconquista de España-, restos de una muralla romana, un pozo en torno al cual se escogían no sé qué autoridades hace muchos muchos años y, lo más importante, el váter de King-Kong; una colosal escultura de piedra en forma cilindrica, en cuyo centro se oye el eco del mar con una acústica impresionante. También es sede de la Universidad Laboral: obra faraónica de la época de Franco, supongo que de estilo neoclásico -aunque lo más exacto sería decir "monumental", o "imperial"-, tan grande y tan tristemente despoblada que da la sensación de estar recorriendo una ruina, pero nueva. Cuenta en su centro con una capilla -¿debiera decir basílica?- a sortie, inconclusa debido a la súbita muerte de su arquitecto, pero aún así profusamente decorada. Dicen que al empotrar las estatuas de la fachada, a una se le cayó la cabeza y mató a alguien: no sé si será cierto, pero sí una de ellas está decapitada.
martes, 24 de marzo de 2009
Estoy viva y en Asturias
Queridísimos:
Había yo anunciado que mi computador había muerto, y que por tanto no tenía demasiadas ocasiones para escribir. Me han reprochado por ahí que no doy señales de vida: a saber, aunque trataba sobre hace dos fines de semana, mi última publicación tiene por fecha el día lunes 23; o sea ayer para vosotros. Por tanto, no veo el motivo de la preocupación: hasta ayer al menos, estaba viva. Y lo sigo estando, por lo visto.
Pero bueno, aprovecho de actualizaros de todas formas -las jornadas culturales coruñesas quedan pendiente-. Estoy en Oviedo, en la casa de la Fran, hermana de Oscar, que está haciendo un año de universidad acá. Me vine en un tren caletero desde A Coruña: tardé un montón de horas, pero el recorrido por la costa, entre bosques, campos y acantilados, valía la pena. El verde de Asturias: no sé si es el más bello del mundo -para mi gusto, el sur de Chile no tiene nada que envidiarle a ningún otro verde-, pero es ciertamente bello; con ganas. De no ser por el no del todo elegante movimiento de los vagones -no vaya uno a olvidarse de Transantiago, sobre todo faltando tan poco para el retorno-, que dificultaba un poco la escritura en mi cuaderno-tesis, el escenario hubiese sido ideal.
La de hoy fue una tarde turística -Fran y dos amigas, Esther y Rebeca, me pasearon por todos los landmarks de Oviedo: Parque de San Francisco, catedral asimétrica, Plaza del Ayuntamiento, Teatro de Campoamor y una profusión de estatuas- que terminó en la cervecería Asturianu jugando trivia entre un auténtico sandial de estudiantes de Erasmus; alemanes en un 95% -sacamos un tramposísimo segundo lugar con el nombre de "Lita en Chile": los alemanes estaban furiosos, como si fuera una demostración de orgullo sudaca-. Mañana vamos a Gijón, y el jueves sigo viaje: salvo error o excepción -como diría Roberto-, el domingo pretendo estar en París.
Cariños a todos (los que corresponda).
Ah, y abuelos: por favor averigüen si me van a dejar pasar las cuatro bandejas de jamón que les manda Sandra y Luis; para no andar paseando (más) cosas por las puras.
Fotos: Francisca Onel -salvo la de los viejos tomando el sol en plan película de Almodóvar, que es mía, y las que salimos las dos-.
lunes, 23 de marzo de 2009
Los marsheneros 1
Parte importante del objetivo de este viaje era, como ya habréis podido notar, visitar a la familia. La rama española es la rama Aguado; es decir, la del bisabuelo Pablo, padre de mi abuela Sonja (materna), quien vino a Chile (arrancando) hacia el final de la guerra civil española. A todo esto, de la conversación con José María en Barcelona llegué a una (horrorosa) conclusión: mi existencia se debe, en parte, a las gestiones del excelso Don Neftalí. Aunque sólo sea rumor o interpretación, la sola posibilidad de estar en deuda vital con la vaca sagrada -parece que su influencia fue decisiva para que se dispusieran los barcos, como el célebre Winnipeg, en los que viajaron los refugiados españoles rumbo al que sería el país de nacimiento de mi abuela Sonja; y con ello de mi mamá, y finalmente el mío- me produce, digamos, un cierto repeluco.
En fin: todo esto para decir que los Aguado, salvo mi abuela y sus descendientes (mi tío Miguel, mis hermanas y yo) viven en España. Los de Marchena -ilustre pueblo sevillano- son la prima Angelines -hermana de José María-, su marido y sus hijos. En casa de ellos estuve el fin de semana pasado, por tercera vez en mi vida -una por cada venida a España: debo ser la habitante de Chile que más veces ha estado en el pueblo en plan de visita; de hecho, ni siquiera los amigos de mis primos habían olvidado del todo a "la prima chilena"-.
Llegué en tren por la mañana -a hora de caballeros: doce y pico- y me esperaba Marisol -hija nº4 de Angelines, que vive normalmente en Sevilla- con su novio. No nos veíamos hacía diecisiete años, pero nos reconocimos de todas formas -no había nadie más en la puerta de la estación, claro-. Nos fuimos directo a la casa, la misma de toda la vida: bastante grande, con azlejos hasta la mitad de la pared -influencia de los árabes que mantienen muchas casas andaluzas: se puede lavar a baldazos y ayuda a combatir los cincuenta grados del verano-, fachada compartida con toda la cuadra, completamente blanca por fuera, en el pequeño jardín un limonero y una piscina -muy profunda para que no se caliente tanto-, situada un poco a las afueras del pueblo -es decir, con perdón, a dos pasos-.
Todos, más o menos, como siempre: Angelines inmensa, Cesario más viejo -tuvo un derrame cerebral, del que se recuperó perfectamente a dios gracias-, Santi y Pedro peleándose como niños chicos y sacando de quicio a su santa madre. En realidad, daba la sensación de no habernos dejado de ver en estos cinco años: la familia que te recibe como un miembro más, y sin embargo no te ha visto más que tres veces, en total unos seis días. Nos pusimos al día respectivamente, mandaron a los míos todos los cariños del caso y, para mi alivio, guardaron silencio en lo que había que guardarlo. En ese sentido se siente uno en casa: no te empiezan a atiborrar de lugares comunes, de apreciaciones que te resultan incomprensibles, de sermones de experiencias que no tienen; como tú, consideran que hay ciertas cosas que no tienen solución, y ante las cuales las palabras sobran. No tienen miedo de decir que no han llamado por miedo: por miedo a no poder si no llorar colgados del teléfono.
Almorzamos exageradamente, como era de esperarse. Un pajarito les había dicho que me gustaba el pescado; así que había merluza, sardinas, boquerones, calamares y "tiburoncito". Además, como también sabían que me gustaban las verduras, había menestra con jamón. Y postre, cómo no, y vino. Lo del vino, por otra parte, fue toda una historia: se me ocurrió decir que me gustaba el tinto de verano con limón -todo un sacrilegio para una chilena, vino tinto con hielo y babida con gas con gusto a sabor limón: debo decir que al principio lo miré con cara de asco, pero después de probarlo lo he tomado cada vez que tengo la oportunidad-, y no había en casa más que una botella de reserva; que encontramos después de mucho rebuscar. Luego, no aparecía el sacacorchos; así que terminó Marisol yendo donde el vecino a ver si le podia abrir la botella. Y finalmente volvió con dos: la nuestra, y otra de tinto común y corriente que le regalaron los vecinos -que son bastante amigos, a todo esto- para que nos bebiésemos el "bueno" como corresponde y además hiciésemos el tinto de verano con limón. Total que bebimos bastante, además de comer.
En fin: todo esto para decir que los Aguado, salvo mi abuela y sus descendientes (mi tío Miguel, mis hermanas y yo) viven en España. Los de Marchena -ilustre pueblo sevillano- son la prima Angelines -hermana de José María-, su marido y sus hijos. En casa de ellos estuve el fin de semana pasado, por tercera vez en mi vida -una por cada venida a España: debo ser la habitante de Chile que más veces ha estado en el pueblo en plan de visita; de hecho, ni siquiera los amigos de mis primos habían olvidado del todo a "la prima chilena"-.
Llegué en tren por la mañana -a hora de caballeros: doce y pico- y me esperaba Marisol -hija nº4 de Angelines, que vive normalmente en Sevilla- con su novio. No nos veíamos hacía diecisiete años, pero nos reconocimos de todas formas -no había nadie más en la puerta de la estación, claro-. Nos fuimos directo a la casa, la misma de toda la vida: bastante grande, con azlejos hasta la mitad de la pared -influencia de los árabes que mantienen muchas casas andaluzas: se puede lavar a baldazos y ayuda a combatir los cincuenta grados del verano-, fachada compartida con toda la cuadra, completamente blanca por fuera, en el pequeño jardín un limonero y una piscina -muy profunda para que no se caliente tanto-, situada un poco a las afueras del pueblo -es decir, con perdón, a dos pasos-.
Todos, más o menos, como siempre: Angelines inmensa, Cesario más viejo -tuvo un derrame cerebral, del que se recuperó perfectamente a dios gracias-, Santi y Pedro peleándose como niños chicos y sacando de quicio a su santa madre. En realidad, daba la sensación de no habernos dejado de ver en estos cinco años: la familia que te recibe como un miembro más, y sin embargo no te ha visto más que tres veces, en total unos seis días. Nos pusimos al día respectivamente, mandaron a los míos todos los cariños del caso y, para mi alivio, guardaron silencio en lo que había que guardarlo. En ese sentido se siente uno en casa: no te empiezan a atiborrar de lugares comunes, de apreciaciones que te resultan incomprensibles, de sermones de experiencias que no tienen; como tú, consideran que hay ciertas cosas que no tienen solución, y ante las cuales las palabras sobran. No tienen miedo de decir que no han llamado por miedo: por miedo a no poder si no llorar colgados del teléfono.
Almorzamos exageradamente, como era de esperarse. Un pajarito les había dicho que me gustaba el pescado; así que había merluza, sardinas, boquerones, calamares y "tiburoncito". Además, como también sabían que me gustaban las verduras, había menestra con jamón. Y postre, cómo no, y vino. Lo del vino, por otra parte, fue toda una historia: se me ocurrió decir que me gustaba el tinto de verano con limón -todo un sacrilegio para una chilena, vino tinto con hielo y babida con gas con gusto a sabor limón: debo decir que al principio lo miré con cara de asco, pero después de probarlo lo he tomado cada vez que tengo la oportunidad-, y no había en casa más que una botella de reserva; que encontramos después de mucho rebuscar. Luego, no aparecía el sacacorchos; así que terminó Marisol yendo donde el vecino a ver si le podia abrir la botella. Y finalmente volvió con dos: la nuestra, y otra de tinto común y corriente que le regalaron los vecinos -que son bastante amigos, a todo esto- para que nos bebiésemos el "bueno" como corresponde y además hiciésemos el tinto de verano con limón. Total que bebimos bastante, además de comer.
domingo, 22 de marzo de 2009
La cuna de la civilización
Hola queridos
Estou en A Coruña en casa de Pablo, mi primo -creo que ya les había dicho: nos conocimos en la casa de su familia de la calle Plaza de la Charca Mojona, La Losa, Segovia, hace cinco años; cuando Sandra y Luis me llevaron para huir del calor-. Han sido unas jornadas culturales a cargo de Alberto, su cuñado, que viene de Betanzos; supuestamente (según él), la cuna de la civilización: de allí provienen "mogollón" de cosas, como la rueda, la escritura, el vino, el tipo de construcción presente en los castros celtas, las embarcaciones que luego usaron los vikingos... incluso los Incas partieron a Perú desde Betanzos. Ah, y tuve la suerte de venir en fin de semana largo: aquí en el norte es fiesta por San José.
El primer día (viernes 20) me recogió Pablo en la estación: debo sentirme tremendamente honrada, llegué a una hora terrorífica -"un coñazo"- para alguien que no madruga "ni para dios". Me preguntó si me "molaba" la idea de recorrer Coruña en bicicleta: claro, sin duda, me parecía "de flipar". Alberto quiso unirse; así que fuimos los tres en un completísimo bici-tour pasando por los jardines, la Plaza de María Pita -heroína de la ciudad, que infundió a las tropas el valor necesario para enfrentar a no sé qué invasores; según Pablo, probablemente los españoles-, el museo arqueológico emplazado en el Castillo de San Antón -ilustrísimo atesorador de la más importante colección de restos betanceiros en toda la comarca-, el paseo peatonal que bordea toda la costa, la Torre de Hércules -torre romana, al parecer la más antigua de Europa- y el sector de las playas. Esta ciudad es prácticamente una isla: está unida al continente por un estrecho itsmo que ha ido ensanchándose a lo largo de los años -han ido construyendo hacia los lados para "ganarle terreno" al mar-.
Terminado el paseo -que no creáis que fue tan ligerito: a pesar de poderse cruzar de un lado a otro, en su parte más estrecha, en sólo un par de minutos, Coruña es todo cuestas-, fuimos a por Cristina -hermana de Pablo, mujer de Alberto- y luego a buscar dónde comer: parece mentira, pero a eso de las tres y media casi todas las cocinas estaban ya cerradas -se están volviendo europeos, dicen-. Encontramos abierto un barcito bastante "enxebre", lleno de gente y de papeles en el suelo, pero sólo quedaba tortilla; así que sólo nos "tomamos" una tapa y probé otra aberración a la que luego me hice adicta: la clara con limón, cerveza de barril con el mismo "refresco" que le ponen al tinto. Ahí se nos unió Inés, amiga de ellos, y nos fuimos a ver si finalmente cumplíamos la misión de encontrar dónde comer pulpo; plato nacional y unánime antojo de ese día. Lo logramos: definitivamente el mejor que haya probado -los "chipis" y los "tigres rabiosos" (choritos en salsa picante) tampoco lo hacían nada de mal-. Y por último un café "al solete", compartiendo terraza con un cuasi mendigo un tanto vociferante.
Continuamos el paseo, los cinco y a pie, hacia la cidade vella; tan vella (vieja) que en muchos sitios parece caerse a pedazos -por todos los rincones pueden advertirse brutales efectos de la sal y la humedad-. El interior de las iglesias huele como a sótano de casa del litoral, y quizás sea precisamente eso lo que les confiera cierto encanto especial -el encanto de la vejez inmaquillable-. Una de ellas, la más antigua, si mal no recuerdo, está justo enfrente de la casa de Franco -parece que está cerrada todo el tiempo: la casa digo-. Hay también un pequeño jardín construido en honor a un capitán inglés -hay veces en que son los buenos-: allí solía jugar Pablo con sus amigos cuando era pequeño -vivían en pleno casco antiguo-, y desde allí se tiene una buena panorámica de la bahía y del puerto -o ex puerto, ahora que están construyendo uno exterior-. Y, justo al lado, un museillo -el edificio, sólo el edificio, "está curioso"-.
Terminamos la jornada en la Plaza de María Pita: supuestamente iríamos de copas por la noche, pero el descanso previo -cada quien en su casa- estaba demasiado bueno para ser interrumpido. Mi primo había conseguido una película nueva, colaboración entre un director inglés y Bollywood, que vale la pena ver.
(continuará: falta el sábado y el domingo...)
Estou en A Coruña en casa de Pablo, mi primo -creo que ya les había dicho: nos conocimos en la casa de su familia de la calle Plaza de la Charca Mojona, La Losa, Segovia, hace cinco años; cuando Sandra y Luis me llevaron para huir del calor-. Han sido unas jornadas culturales a cargo de Alberto, su cuñado, que viene de Betanzos; supuestamente (según él), la cuna de la civilización: de allí provienen "mogollón" de cosas, como la rueda, la escritura, el vino, el tipo de construcción presente en los castros celtas, las embarcaciones que luego usaron los vikingos... incluso los Incas partieron a Perú desde Betanzos. Ah, y tuve la suerte de venir en fin de semana largo: aquí en el norte es fiesta por San José.
El primer día (viernes 20) me recogió Pablo en la estación: debo sentirme tremendamente honrada, llegué a una hora terrorífica -"un coñazo"- para alguien que no madruga "ni para dios". Me preguntó si me "molaba" la idea de recorrer Coruña en bicicleta: claro, sin duda, me parecía "de flipar". Alberto quiso unirse; así que fuimos los tres en un completísimo bici-tour pasando por los jardines, la Plaza de María Pita -heroína de la ciudad, que infundió a las tropas el valor necesario para enfrentar a no sé qué invasores; según Pablo, probablemente los españoles-, el museo arqueológico emplazado en el Castillo de San Antón -ilustrísimo atesorador de la más importante colección de restos betanceiros en toda la comarca-, el paseo peatonal que bordea toda la costa, la Torre de Hércules -torre romana, al parecer la más antigua de Europa- y el sector de las playas. Esta ciudad es prácticamente una isla: está unida al continente por un estrecho itsmo que ha ido ensanchándose a lo largo de los años -han ido construyendo hacia los lados para "ganarle terreno" al mar-.
Terminado el paseo -que no creáis que fue tan ligerito: a pesar de poderse cruzar de un lado a otro, en su parte más estrecha, en sólo un par de minutos, Coruña es todo cuestas-, fuimos a por Cristina -hermana de Pablo, mujer de Alberto- y luego a buscar dónde comer: parece mentira, pero a eso de las tres y media casi todas las cocinas estaban ya cerradas -se están volviendo europeos, dicen-. Encontramos abierto un barcito bastante "enxebre", lleno de gente y de papeles en el suelo, pero sólo quedaba tortilla; así que sólo nos "tomamos" una tapa y probé otra aberración a la que luego me hice adicta: la clara con limón, cerveza de barril con el mismo "refresco" que le ponen al tinto. Ahí se nos unió Inés, amiga de ellos, y nos fuimos a ver si finalmente cumplíamos la misión de encontrar dónde comer pulpo; plato nacional y unánime antojo de ese día. Lo logramos: definitivamente el mejor que haya probado -los "chipis" y los "tigres rabiosos" (choritos en salsa picante) tampoco lo hacían nada de mal-. Y por último un café "al solete", compartiendo terraza con un cuasi mendigo un tanto vociferante.
Continuamos el paseo, los cinco y a pie, hacia la cidade vella; tan vella (vieja) que en muchos sitios parece caerse a pedazos -por todos los rincones pueden advertirse brutales efectos de la sal y la humedad-. El interior de las iglesias huele como a sótano de casa del litoral, y quizás sea precisamente eso lo que les confiera cierto encanto especial -el encanto de la vejez inmaquillable-. Una de ellas, la más antigua, si mal no recuerdo, está justo enfrente de la casa de Franco -parece que está cerrada todo el tiempo: la casa digo-. Hay también un pequeño jardín construido en honor a un capitán inglés -hay veces en que son los buenos-: allí solía jugar Pablo con sus amigos cuando era pequeño -vivían en pleno casco antiguo-, y desde allí se tiene una buena panorámica de la bahía y del puerto -o ex puerto, ahora que están construyendo uno exterior-. Y, justo al lado, un museillo -el edificio, sólo el edificio, "está curioso"-.
Terminamos la jornada en la Plaza de María Pita: supuestamente iríamos de copas por la noche, pero el descanso previo -cada quien en su casa- estaba demasiado bueno para ser interrumpido. Mi primo había conseguido una película nueva, colaboración entre un director inglés y Bollywood, que vale la pena ver.
(continuará: falta el sábado y el domingo...)
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