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lunes, 16 de marzo de 2009

Sevilla tiene una cosa, que sólo tiene Sevilla

Las calles de Triana huelen a víspera. Cinco y media en la plazoleta de Santa Ana. Tres adolescente en bicicleta cantando no sé qué chanzas. Una pareja se detiene frente al campanario en restauración y levanta la vista. De camino, un viejo me ha enseñado cómo anidan las tórtolas en los naranjos. Los azahares, a punto de reventar, en medio de los preparativos de Semana Santa.
En un café, mientras leía, me encontró un ángel. El sitio estaba lleno. Un hombre me preguntó si me importaba compartir mi mesa. Venía con una señora, quizás su madre. La sentó frente a mí. Pelo blanquísimo, ojos azules con una luminosidad extraordinaria. “Qué linda”, dijo al hombre, y no me quitó los ojos de encima en todo el tiempo que duró su café con pastelitos. “Qué linda”, repetía ella de vez en cuando y yo abandonaba a Chomsky para devolverle una sonrisa. Al levantarse, se acercó y me dijo que rezaría por mí, por que me fuera bien. Me dijo “pediré a Dios por ti” con un hilo de voz, mirándome con una ternura indescriptible. Tomé su mano y le di las gracias.
Cruzando el puente de Triana, se ponía el sol. Desde el Paseo Colón y sus palmeras, en la ribera sur del Guadalquivir, vi un atardecer “de libro” contra los techos de Triana. Me llegó a dar risa: me sentía como en una especie de momento epifánico, dentro de cualquier película independiente norteamericana.

Noches españolas 1





Sin buscarlo, parece que estoy dando la impresión de no salir de noche. Y no es así. Es decir, tampoco me he transformado de pronto en el alma de la fiesta ni mucho menos; sin embargo, uno hace menos caso de sus –buenas o malas- costumbres cuando viaja.

1. Arreglando el mundo
A esta noche ya me referí, al menos en parte. En Barcelona me quedé donde mi tío, llegando en plan “soy tu sobrina: ¿me recibes?”, sin conocerlo ni siquiera por teléfono. Mi abuela me había hablado maravillas de él: que era abogado, muy culto, que tenía una pieza especial para oír música, en fin; que probablemente nos llevaríamos muy bien. Y sí. Isabel, su mujer, resultó ser un encanto también; y al par de días era como si nos hubiéramos conocido desde siempre. A Cristina, la hija, no la conocí más que por teléfono: tenía que estudiar para unas pruebas, a ver si conseguía trabajo después de varios meses –por acá, como ya he dicho, la crisis “es”-. Lo consiguió.
Pero yo hablaba de la noche. Fuimos a comer primero –o a cenar, como dicen aquí: la comida es el almuerzo-, los tres, a un restorancillo y bar de tapas situado en el refaccionado mercado (tres “ado”) de xx; en pleno barrio gótico. Luego, en casa, nos sentamos a por un café. Conversamos, conversamos, hasta que ya no se pudo eludir la pregunta: cómo murió tu madre. Yo daba por sentado que estaban al tanto, pero no: sólo noticias vagas. Lo conté todo; sin dramatismos, sin omisiones, sin mayores detalles. Isabel no sabía nada de nada. Que aquí tenía mi casa, cuando yo quisiera. Y que cuando quisiera me contaba José María la parte española de la historia. Yo no tenía sueño. Él tampoco, Isabel sí. Ella se fue a acostar, y nosotros nos quedamos hasta las tantas de la mañana. No conseguimos arreglar el mundo, empero. Y creo que nunca más podré leer siquiera un título de Lope de Vega.

2. El poeta chileno
Que qué podía venir a hacer un latinoamericano a estudiar literatura en Barcelona, que qué podía venir aquí a buscar si no había más que fósiles, que qué interés podía tener Lope de Vega cuando allá teníamos la distorsión del castellano en contacto con las lenguas indígenas y la naturaleza ubérrima: todo eso se peguntaba José María. Sin embargo, un chileno podía venir y terminar haciendo su tesis doctoral sobre César Vallejo: el lugar en cuestión da lo mismo, lo que cuenta es salir de casa. Al menos, a mí me resulta perfectamente comprensible: a sí se lo dije a Juan cuando me lo contó, un par de minutos después de encontrarnos afuera del café Zürich.
Juan, amigo de amigos, tremendo poeta, habitante de la intemperie por algunos años en Barcelona. Le escribí a ver si podíamos coincidir, a ver si había tiempo y ánimos de una conversación agradable. Los hubo: varias cervezas en torno a lo humano y lo divino, lo divino y lo humano, en un entrañable bar pasado el Rabal, atendidos al parecer milagrosamente por un mozo simpático. Como la de la noche anterior -con José María- aquella fue una conversación antologable.

3. Entre el Groucho y el Piripi
Volví a Sevilla un viernes. Luis consideró que podía interesarme ir de copas con alguien de mi edad, salir a divertirme, como quien dice. Así que me presentó a otro de sus ahijados, Jose –el “uno” es Pablo, de Coruña, a quien conocí hace cinco años e iré a visitar hacia el fin de esta semana-. Jose es hijo de unos amigos suyos, estudiante, pero actual ponedor de música en bares y eventos de varios tipos –cosa que, por lo visto, no tiene a sus padres demasiado contentos: un buen negocio le resulta a cualquiera más interesante que los estudios-.
Ese viernes por la noche, entonces, salí. Pasó a buscarme Javi, su socio, para ir al Groucho; un conocido bar sub 35’, donde cada fin de semana –en términos de la juerga local, de miércoles a domingo- toca un grupo de flamenquillo y él con Jose arreglan el sonido. Este viernes era una ocasión especial, sin embargo: el vocalista celebraba su despedida de soltero. Y cantaba, por supuesto. Imagínenselo.
Desmontados los equipos –costó: el público no dejaba que terminasen de tocar-, dejada la camioneta en casa de Javi y buscado el auto de Jose en la casa de su abuela –es decir, mucho rato después-, fuimos a comer al Piripi. El bar no se llama así, pero lleva dicho apodo por una de sus tapas: un montadito con lomo de cerdo, beicon y mayonesa; al parecer todo el mundo va allí por eso –estaba repleto-, incluidos nosotros. O ellos más bien: al llegar a nuestra barra los tres Piripis, rápidamente decidí transformarme en judía por un rato y buscar alguna alternativa –este viaje he probado casi todo lo que me han puesto enfrente, pero esa vez había que tener un poco de consideración con mi pobre hígado: la noche era muy larga, además-. Como ellos el pisto que pedí de la misma forma que yo lo de ellos, quedamos a mano.
Y terminamos en el Groucho otra vez. Para mí era como subir al transantiago a las seis de la tarde: para ellos estaba incluso vacío. El formato es como de discotheque, pero sin baile: muchos guardias a la entrada; tragos largos, caros y mal servidos por chicas escotadas y chicos con los pelos tiesos; apenas algún sitio para sentarse o apoyarse; todos bastante borrachos, excepto nosotros, por cierto. Qué tiempo que no entraba a un sitio así: me resultaba mucho más exótico que la Giralda.

4. Los dos sobrinos
El martes pasado, creo, vino por trabajo a Sevilla un sobrino de Luis: Miguel (alias Miguelón), hermano de Pablo (alias Pablete). Así que nos fuimos por ai de tapas y de copas, con él y con otro sobrino, Ignacio (alias Nacho o Nachete). Nos juntamos cinco en un bar de cófrades: ambiente un poco eufórico ya en la cuenta regresiva, muchos de vuelta del ensayo con su paso respectivo –Nacho mismo había estado ensayando la noche anterior hasta las tres de la mañana; teniendo que trabajar y cuidar a su hija pequeña-. En un momento escuchamos una transmisión en directo desde el Vaticano, de una comitiva de semasanteros en cita con don Ratz –el que hablaba en era el padre de Nacho, nada menos; Hermano Mayor de la Cofradía de la Esperanza de Triana-. Luego nos trasladamos a la plaza que está junto a la Iglesia del Gran Poder: hacía una noche estupenda.

5. Y claro yo también trabajo de noche
Y mucho. La cosa avanza lenta, pero segura.

Sevilla huele


Ya reventaron los azahares: uno queda ebrio de sólo caminar con ese aroma por las calles. Una maravilla.
Acá, sigo entre trabajo y familia. El fin de semana estuve en Marchena, mañana les cuento más. Por ahora, subo un par de notas retrospectivas y unas fotos de la ciudad, a petición de mi padre. Son tomadas por Luis.

lunes, 9 de marzo de 2009

¡Qué manera de comer!

Excursión a la Sierra de Huelva: Sandra, Luis y cuatro parejas de amigos de ellos; una de las cuales iba con suegra, hijo, amigo de hijo y perro ("Pisco": ella y su madre son peruanas). Y yo. Grupo muy agradable, -a pesar de la edad, como dijera Sandra-, a ratos para morirse de risa, una buena cuadrilla de andaluces cultos -no sé si todos eran andaluces; cultos sí-.
Excursión de poco más de veinticuatro horas, con un clima de antología. A nuestra disposición, una casa grande en un pueblo pequeñísimo, atendida por sus dueños; quienes nos dieron de comer hasta reventar prácticamente -sin exagerar: de a tres platos por comida; por ejemplo, un glorioso revuelto de setas, venado al vino con manzanas, bacalao, carrillera con patatas y las famosas morcillas bobas que mucho dejaban que desear; todo en abundante abundancia, luego de diversas "tapitas" muy abundantes también, y de una no despreciable partida de cerveza y vino-.
Aparte de comer, dimos un par de paseillos andando -y subiendo a todo el mundo arriba del columpio, como quien dice: nadie se salvaba-. Cielo azul hasta el absurdo, Encinas y alcornoques recién pelados -¿alguien sabe cuál es cuál?-, terrazas de olivos viejos, mimosas y carozos en flor, un pantano rodeado de pizarra, vacas, cerdos -o cochinos, o marranos, o porcinos, etc-, pajaritos varios. Uno de ellos era una cigüena; instalada en un nido que ocupaba más de la mitad del campanario de la ermita del pueblo -Corte y Concepción-.
Y la revelación del fin de semana: Pisco (un salchicha de pelo largo, citadino del todo) resultó un arreador de cochinos y de vacas de lo más competente. No es broma.

A currar se ja disho

Queridos lectores del mundo: uníos en otra parte. Quiero decir, de aquí en adelante, las narraciones de mis aventuras serán más bien retrospectivas: ha llegado la hora de trabajar. Heme en Sevilla, radicada estupendamente en la casa de mis tíos, sin excusa ninguna para seguir arrancando de la tesis. Con familia encantadora, a 20 grados, con luz hasta pasadas las 7:30 de la tarde, ¿puede uno pedir más? Así cualquiera se pone responsable...

jueves, 19 de febrero de 2009

Sevilla visto desde Barajas

Olá otra vez, fieles o hipócritas lectores. El aeropuerto de Barajas y sus enchufes me brinda la oportunidad de escribiros. Eso, y nuestra imprecisión en los itinerarios; imprecisión a su vez motivada por las absurdas diferencias tarifarias –¿que nuestros boletos de Interrail no incluyen el AVE?, pues hala, al autobús nocturno, que para eso tenemos veintidós años-. El caso es que aquí me encuentro, provista de café y de Gregorio –fiel compañero: hace dos meses que no soy capaz de garabatear una sola línea a lápiz- con aproximadamente cuatro horas de espera por delante.
Hemos estado en Sevilla, en casa de mis tíos. Os acordaréis de Luis, me imagino: su Pinoccio todavía vive, sentado a la vista en un estante del despacho. Hemos estado en Sevilla, atendidas como por andaluces: idas a buscar al autobús desde Faro; llevadas de paseo, de tapas y de copas por el barrio Santa Cruz; alojadas en el cuarto de huéspedes, con sábanas, toallas y demases; dadas de desayunar como los dioses al día siguiente; acompañadas y ayudadas en todos los menesteres de viajeras –ambos se tomaron libre el día-; llevadas de copas otra vez, con un grupo de amigos.
Sandra, cariñosa y hosca a la vez –española, en una palabra-, modo que descolocó a Ronit un tanto. Dicen que nos parecemos, o al menos mi amiga dice que nos parecemos: no sólo por lo asertivas, o pesadas si quieren, sino en ciertos rasgos, ciertos gestos, cierta manera de mirar. Seré Aguado: por algo me siento tan en mi casa por estos lares. Luis en tanto, con casi treinta kilos menos –en serio, abuelos, no exagero: hasta guapo se ha puesto-, cálido y burlón como siempre, mostrando orgulloso sus múltiples chorradas -colección de libretas, paraguas, relojes, diversos artilugios raros y, últimamente, música en MP3: tiene para tres meses de escucha ininterrumpida-. Evidentemente volveré una temporada, diez días al comienzo de marzo o algo así.
Ah, me corté el pelo. Sí, como cualquier mujer, me corto el pelo cuando quiero marcar hitos en mi vida. Todo en la vida es un lugar común –como este mismo-, no lo olviden. Parezco vieja, santo dios.
Qué más de Sevilla. Ciudad plana, a diferencia de todas las anteriores, es esta una ciudad plana. Primera vez que la veo con naranjas. Primera vez que la paseo sin un calor horroroso: se aprecia bastante mejor. El barrio de Santa Cruz, testimonio de la influencia mora, con sus callecitas de dos metros de ancho y casas revestidas de azulejos hasta la mitad; la conocidísima Giralda, torre más alta de la Catedral, construida el siglo XXII y renacentizada el XVI, ahora con unas esculturas bastante feas expuestas alrededor, temporalmente por fortuna; el Archivo de Indias; la antigua tabacalera, donde supuestamente trabajaba la Carmen de Bizet; la Plaza España, escenario del Episodio I de La Guerra de las Galaxias –creo que era el hall de entrada de Naboo, o algo por el estilo-.
Y casi nos quedamos un día más. En la confusión de viajar a la 1 AM, Ronit y Sandra compraron el billete para el día siguiente –o sea, esta noche o la madrugada de mañana-. No sé por qué el chofer no se rió a carcajadas: sólo sonrió, y nos dijo que aguardáramos a ver si no iba lleno. Mi amiga palideció; a mí, francamente, me dio lo mismo. En diez minutos de espera, llegó a decir que era aquello una pesadilla. A mí seguía dándome lo mismo –no lo repito por una especie de orgullo de pseudo yogui chamánico new age aficionado: sólo me impresiona lo indolente que uno se va poniendo ante casi todo, un casi muy importante, pero casi todo al fin-. Justo dos plazas libres. Mi amiga con cara de súbito y profundo alivio. Por mi parte, me limité a sonreír.